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Las atanasias de los arenales de La Mata: de Cavanilles a Rigual Magallón


Álbum. pinchando sobre la foto

Álbum. pinchando sobre la foto

Juan Antonio Pujol Fructuoso

A finales de julio de 1792 llegaba a La Mata, procedente de Orihuela, el gran botánico valenciano Antonio José de Cavanilles. Detrás de aquel hombre de 47 años, esbelto, de fisonomía agraciada (atractivo que diríamos hoy) y cuidando en extremo su peinado y forma de vestir, se escondía una de las mayores figuras que ha dado la Ilustración española. Mediante una Real Orden expedida un año antes, el rey Carlos IV le había encomendado recorrer todo el territorio nacional para redactar una «Historia Natural de España». Cavanilles, que residió en París desde 1777, había regresado a Madrid en el otoño de 1789, huyendo de los acontecimientos que tuvieron lugar aquel verano en el país vecino, toma de la Bastilla incluida, y que marcarían el inicio de la Revolución Francesa. Al parecer, el encargo de Carlos IV (y por supuesto de Floridablanca) fue la forma de alejar de la Corte a tan ilustre personaje.
Fuera como fuese, Cavanilles inició el periplo por su tierra, el por entonces denominado Reino de Valencia. Hasta cuatro viajes realizados entre 1791 y 1793, que posteriormente se verían plasmados en sus famosas «Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia», publicadas entre 1795 y 1797 por la Imprenta Real de Madrid, y que constituye un auténtico tesoro cultural para todos los valencianos.
Cavanilles ya intentó visitar las afamadas salinas de La Mata durante su viaje de 1791, cuando recorrió y describió las Pías Fundaciones que el cardenal Belluga había promovido en las, hasta entonces, zonas pantanosas del tramo final del río Segura, actuales San Felipe Neri, San Fulgencio y Dolores. Pero no pudo ser, como digo, hasta finales de julio de 1792.
Aquel día, hasta La Mata, Cavanilles no llegó solo. Cabalgando junto a él —y a la mula que cargaba todo el material de expedición del sabio valenciano— también lo hizo, al menos, el número dos del juzgado de las por entonces denominadas salinas de La Mata y Orihuela: el promotor fiscal y asesor don Joaquín Barrera. A buen seguro que también fue recibido, como Dios mandaba, por el cura párroco de la iglesia de La Mata. No conviene olvidar que Cavanilles era sacerdote y doctor en Teología, y que utilizó la amplia red territorial de la Iglesia para trazar, y luego llevar a cabo, su ambicioso viaje. En nuestra zona, contó con el total apoyo de su gran amigo, e influyente obispo de Orihuela, don José Tormo, el mismo que precisamente el año 1789 (cuando Cavanilles regresó a España) había firmado un decreto eclesiástico por el cual se formó una nueva parroquia, como ayuda de la de La Mata, en el pequeño poblado que había surgido junto a una Torre-Vieja, al lado de la salina de Orihuela.
La compañía de Joaquín Barrera no era mera cortesía: el máximo interés de Cavanilles en La Mata fue conocer la forma de explotar sus famosas salinas. Y después de don Antonio Hidalgo y Cano —juez subdelegado de La Mata y Torre-Vieja y administrador general de sus salinas por aquel entonces—, Barrera era la segunda persona en el organigrama de la Real Hacienda en la zona. A la descripción de ambas explotaciones —salinas de La Mata y de Torre Vieja—, Cavanilles dedicaría las páginas 293 y 294 del segundo tomo de sus «Observaciones…».
A diferencia de en otros muchos lugares, Cavanilles no llegó a herborizar plantas en La Mata. El hecho de que el motivo principal de su visita fuera las salinas, junto a que en la época en que vino (tránsito de julio a agosto) la vegetación de la zona estaba agostada, tal vez nos privó de una descripción más detallada de la vegetación por parte del ilustre botánico. Sin embargo, como buen naturalista, no pudo evitar dar unas pinceladas sobre las plantas de las dunas de La Mata. Al describir aquellos «cerros de arena» destacó su incapacidad para el cultivo, indicando que solamente crecían en ellos «plantas nativas, como la crucianela, atanásia y pancrácio maritímo, la paserina, lentisco, palmito y otras matas». Brevísima descripción, pero de incalculable valor histórico.
La «atanásia» que nombra Cavanilles para La Mata es la castellanización del término latino Athanasia maritima con el que Linneo había designado a la planta. En algunos lugares, por ejemplo Galicia, todavía conserva el término «atanasia marina», pero en otros se perdió hace mucho. Probablemente, por el singular aspecto blanquecino de la planta, que no la hacía pasar desapercibida precisamente, los lugareños pronto debieron comenzar a denominarla como algodonosa, su nombre actual en nuestra zona, y que ya aparece, tal cual, en algunos diccionarios botánicos de principios del siglo XIX.
Pero ojalá hoy día sólo tuviéramos que lamentar la pérdida del bello término «atanasia marina». La algodonosa (Otanthus maritimus), como otras tantas especies vegetales de los sistemas dunares, está en franca regresión. En el momento en que redacto estos escritos, de las muchas atanasias marinas que probablemente observara Cavanilles en La Mata… —si no hubiera sido abundante no la habría incluido en tan reducida lista—, ¡tan sólo queda un ejemplar solitario!
La crucianela o rubia marina (Crucianella maritima) y el pancracio marítimo o azucena de mar (Pancratium maritimum) aún son relativamente abundantes en el maltrecho sistema dunar de La Mata, como podrá observar quien pasee por el Paraje Natural Municipal del Molino del Agua, especialmente en verano, con la siempre espectacular floración de la azucena de mar. Pero la algodonosa… Tan sólo un ejemplar superviviente, un último de Filipinas, un héroe abandonado a su suerte, que únicamente por azar ha conseguido permanecer enraizado donde tuvo a bien germinar sus semillas, mientras todo a su alrededor ha cambiado de forma vertiginosa, y radical, durante las últimas décadas. Humilde ejemplar que insiste en florecer todos los años con sus sencillos capítulos amarillos. Inútil esfuerzo por perpetuarse, ya que los pocos ejemplares de esta misma especie al sur de Alicante se encuentran a kilómetros de distancia. Y sin polinización cruzada no hay semillas, y sin semillas no hay futuro genéticamente viable para las poblaciones de algodonosas. Si además tenemos en cuenta la progresiva desaparición de su hábitat natural de dunas, o la alteración por pisoteo de las mismas, el escenario sobre el que se representa el drama de esta especie en La Mata no puede ser más desesperanzador.
¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? Y otra cuestión adicional: ¿alguna especie más estará en la misma situación que la algodonosa en las reducidas dunas de La Mata? O, lo que es peor, ¿tal vez haya desaparecido para siempre?
En los años 50 del siglo XX, otro ilustre botánico recorrió el mismo sistema dunar de La Mata que visitara Cavanilles más de siglo y medio antes. El momento en que aquel joven inició sus estudios sobre la flora de la provincia de Alicante no pudo ser más oportuno. El paisaje prácticamente no se había visto alterado en siglos, ya que los devastadores cambios que vendrían después aún no se habían iniciado. Abelardo Rigual Magallón, que así se llamaba el investigador, pudo observar, prácticamente, el mismo paisaje que Antonio José de Cavanilles a finales del XVIII. Por desgracia, Rigual no describió su paso por La Mata y Torrevieja, pero bien puede servir de ejemplo lo que comentó sobre su visita a la ciudad de Alicante durante aquellos años:
(…) cuando llegué a Alicante en la playa sólo había el faro del Cabo de las Huertas y algunas casas desperdigadas, todo lo demás era vegetación con plantas muy interesantes; tengo inventarios de las plantas de aquellas épocas que ahora sólo tienen valor histórico.
Tales inventarios florísticos sí se conservan para las dunas de La Mata. Forman parte de la tesis doctoral defendida por Abelardo Rigual en la Universidad Complutense de Madrid en el año 1968, y publicada en 1972 por el Instituto Juan Gil-Albert de la Diputación Provincial bajo el título «Flora y vegetación de la provincia de Alicante». Un auténtico clásico que, aún hoy, constituye una obra de referencia y consulta obligada para todo aquel que quiera conocer la flora de esta provincia, y especialmente los cambios experimentados en las últimas décadas.
En ellos, Rigual Magallón dejó apuntado que la algodonosa todavía era abundante en el sistema dunar de La Mata, al igual que la correhuela o campanilla de las dunas (Calystegia soldanella), especie esta última que en la actualidad ya no se encuentra en el término municipal de Torrevieja. Probablemente en los años 50 también se pudiera encontrar en esta zona la zanahoria marítima (Echinophora spinosa), pues si bien el botánico alicantino no la citó para La Mata, sí la recolectó al sur de Guardamar, muy cerca de la pedanía torrevejense. Esta especie, hoy día, ha desaparecido de todos los sistemas dunares del de Alicante.
Los grandes cambios territoriales y del paisaje, ligados al desarrollo urbanístico, que se iniciaron a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo XX, modificaron sustancialmente el sistema dunar que, como continuidad del de Guardamar, terminaba en Cabo Cervera. En la actualidad, aquellas otrora extensas y bien conservadas dunas de La Mata han quedado reducidas al ya mencionado Paraje Natural Municipal Molino del Agua —gracias a su condición de terrenos públicos— y a dos o tres enclaves testimoniales existentes en el núcleo urbano de La Mata, entre ellos la pequeña duna entre las calles Mayor, Virgen del Carmen y Delfín. La desaparición de estos arenales costeros, o su alteración recurrente, ha propiciado que muchas especies características de tan frágiles ambientes hayan visto extinguir localmente sus poblaciones o, en el caso de la algodonosa y el solitario ejemplar ya referido, estar en camino de ello.
Movimientos de tierra para urbanizar Las Maravillas, la avenida que se observa es la de los Europeos. Al fondo, el cabo Cervera.
Sin embargo, estos vestigios de ecosistemas pasados aún pueden proporcionarnos grandes servicios. Inmersos en la trama urbana de La Mata, cual minúsculas islas en medio de la mar, pueden contribuir a divulgar las singulares plantas de las no menos peculiares dunas mediterráneas, entre los miles de personas que pasean por estos espacios, amén de ayudar a mejorar la calidad de vida de ciudadanos y visitantes. En definitiva, nos encontramos ante el nuevo paradigma de la conservación de la biodiversidad en espacios urbanizados. Un nuevo enfoque, una tercera vía entre los espacios naturales sensu stricto y los jardines públicos o zonas verdes tradicionales. Un punto de encuentro entre conservación y urbanismo, tendente a renaturalizar las ciudades e integrar la conservación de la biodiversidad, con la planificación y gestión de las aglomeraciones urbanas. Mucho más que un ejercicio intelectual que ya han puesto en práctica, con notable éxito, importantes ciudades de todo el mundo, incluido nuestro país, y que viene siendo reivindicado por distintos organismos internacionales, comunidades científicas y ciudadanos.
Recuperar nuestra historia, nuestras señas de identidad, también debería suponer rescatar especies y paisajes que se perdieron con el devenir de los años. ¿O acaso no resultaría una gran pérdida para la idiosincrasia torrevejense que la llamativa atanasia marina, o algodonosa, desapareciera para siempre del lugar donde, por primera vez, fue descrita en la Comunidad Valenciana por Antonio José Cavanilles y, años después, también fuera observada por Rigual Magallón? En mi opinión sería casi tan desalentador como comprobar que, habiendo sido visitada por tan ilustre personaje —que además nos legó para la eternidad una soberbia descripción del lugar en las postrimerías del Siglo de las Luces—, La Mata no haya tenido a bien dedicar siquiera una calle a la memoria de Cavanilles.

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