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Retrato: “Día de las ánimas”


…Y sus ojos tienen la apariencia/ de los de un demonio que está soñando./ Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama/ tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,/ del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,/ no podrá liberarse. ¡Nunca más!
El cuervo (Edgar Allan Poe)

noche-de-las-animas_soria_2_aEncarna Hernández TorregrosaEncarna nuevo

Nos encontramos en el “Día de las Ánimas” 2 de noviembre, que por cierto, ríanse del tal “Halloween” con sus muertos vivientes al más puro estilo Hollywood. Muchos guardaran entre sus recuerdos, aquellas entrañables costumbres que pertenecen a nuestra más autentica tradición. Es sabido que el 2 de noviembre las ánimas de los desaparecidos tenían (y tienen) permiso especial de los cielos para visitar a los familiares vivos. O eso nos decían. Sea como fuere, el día comenzaba muy temprano. Había que desalojar los lechos a pesar del sueño y prepararlos para que las almas de los difuntos descansaran en la que había sido su casa en vida. Se ponían sábanas limpias, ramos de crisantemos y las tradicionales “mariposas”.
-Es decir: un plato con aceite y un poco de agua para que esas luces encendidas aquí y allá, dieran un ambiente fantasmal a cualquier estancia.
Era importante vigilar el aceite para que no se apagaran las “mariposas” eso podría incomodar a los espíritus que, por lo visto, poseían cierto mal carácter. Los niños no podíamos correr por lo que parecía un lugar “casi sagrado”, por si en nuestras carreras atropellábamos a los difuntos. Así que andábamos muy atentos por ver de no pisar algún sudario que el difunto hubiera dejado en cualquier rincón. La emoción venía al atardecer. Sin televisión ni ordenadores, nos sentábamos alrededor de los abuelos y ellos nos contaban, no sin ciertas dotes dramáticas, leyendas de aparecidos capaces de erizarnos todos los pelos del cuerpo. Y aunque la tradición decía que las ánimas se retiraban a sus cuarteles de invierno o nichos habituales, al anochecer, los niños nos pegábamos a los faldones de los mayores porque las sombras tenían formas fantasmales de enormes muertos con muy malas pulgas. Esa noche apenas dormíamos, gracias a las espeluznantes historias unidas a la festividad. Recordando la tradicional puesta en escena aún se me eriza el espinazo. Pero había una redención que nos liberaba del miedo a las sombras y calmaba los nervios de los más pequeños. Las castañas asadas, los buñuelos y los huesos… de Santos (que no hay mejores huesos que estos para calmar los miedos) entraban en juego endulzando lo malos tragos. Aquellas historias no se parecen en nada a los Halloweenes de hoy ¿no creen?
Nuestros niños transportan calabazas de plástico sin saber la razón. Ni siquiera el complejo nombre aclara gran cosa. Nuestras ánimas y sus misterios eran otra cosa. Allí había un “argumento” que nos ponía en contacto con las tradiciones de las generaciones pasadas, siluetas de una eternidad que perdura y nos hace cambiar el semblante cada 2 de noviembre. Terminare como he comenzado, recurriendo a genial Edgar Allan Poe:
“…casi dormida,
oí de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo.
Eso es todo, y nada más…”

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